Caminar por jardines que rezuman historia, como los de Aranjuez, el Palacio Real de Madrid o la Alhambra, es escuchar los ecos de un pasado en los que sus fuentes, sus arrayanes o sus rotondas fueron el símbolo del poder de los reyes. Hoy, abiertos al público, estos jardines siguen manteniendo intacto todo su poder de evocación y, en medio de las prisas de la vida cotidiana, dejan su poso de melancolía por un pasado que parecía un poco más hecho a la medida del hombre.
Imposible no percibir este mensaje entre la magia de las más de cien especies botánicas del jardín del Parque Natural del Señorío de Bértiz, con su maravilloso espectáculo de masas forestales, praderías y landas. Ni sentir que en el secreto encierro de altas tapias del jardín del Príncipe de Anglona queda todavía un regusto del Madrid antiguo, de la paz que parece haberse perdido en tantas otras zonas de la ciudad.
Si El Capricho de la duquesa de Osuna dio como resultado uno de los parques más especiales de la capital de España, el pintor granadino José María Rodríguez Acosta puso en la ciudad de la Alhambra, en el Carmen que lleva su nombre, la magia de un cuadro hecho a la medida de su gusto y personalidad. Gaudí proyectó los jardines Artigas de la Pobla de Lillet, en Girona, en un lugar húmedo y montañoso, de exuberante vegetación natural, en la que resulta delicioso perderse. ¿Y cómo no hacerlo también en el Parc del Laberint d´Horta de Barcelona, pretendiendo ser niños de nuevo? ¿Cómo no jugar a adivinar la época de cada uno los elementos arquitectónicos de los jardines de Alfabia en Mallorca, con su mezcla de renacimiento, barroco y rasgos decimonónicos, o los estilos de jardín que se mezclan en el Carmen de los Mártires granadino?
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