
Los siglos y milenios han pintado en La Gomera un paisaje prehistórico esculpido a golpe de agua y viento. La isla mantiene los vestigios de la Era terciaria en su naturaleza. El agua ha ido erosionando pacientemente el trazado de algunos barrancos, como en Los Órganos, una pared de piedra que el capricho del tiempo ha asemejado al instrumento que le da nombre.
El Parque Nacional de Garajonay es la joya natural de la isla. Aquí pervive la vegetación prehistórica gracias a sus manantiales y un mar de nubes, que mantiene la humedad. Es tierra volcánica, como todas las islas, pero la actividad de sus volcanes, como parece suceder con el resto de la isla, es cosa del pasado. Los guanches aquí mantienen costumbres precolombinas, como el famoso silbo, un medio de comunicación capaz de combatir las condiciones climatológicas adversas.
La llaman la “isla mágica”: sólo hay que perderse por sus parajes o admirar la imagen del poderoso Teide desde una playa de tierra negra para comprender por qué.
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