
Extensas planicies y apacibles playas hacen de Fuerteventura un reino de silencio y calma. De la sobriedad de su llanura alargada, sin apenas vegetación, surgen dunas doradas; en sus costas, faros imponentes vigilan la isla; y en el interior, la montaña de Tindaya sirve de guía natural.
Su aridez recuerda al Sahára, de donde sólo unos kilómetros de agua la separan. Fuerteventura es “un pedazo de África sahárica, lanzado en el Atlántico” tal y como recordó Miguel de Unamuno tras volver de su exilio en la capital, Puerto del Rosario. Los camellos, los burros y la cabra majorera, con cuya leche se elabora el queso majorero, resaltan el carácter rural de la isla.
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