Lastres es una de esas villas que conserva el sabor de los pueblos pescadores de antaño, con sus casas apiñadas y superpuestas en un empinado caserío, cuyos balcones parecen disputarse la mejor imagen del Cantábrico. Su tradición como puerto pesquero, su emplazamiento en la comarca de la Sidra y su estampa llena de tipismo hacen de la localidad uno de los rincones más bellos y admirados de Asturias.
El mejor momento para visitar Lastres es a primera hora de la tarde, cuando las barcas regresan a casa y da comienzo en la lonja la rula o subasta del pescado. Es el momento en que la villa más marinera del concejo de Colunga hace honor a su tradición como importante puerto pesquero y su trajín cotidiano se convierte en todo un espectáculo: la descarga de los pescados y mariscos, la recogida de aparejos, la reparación de las redes… Y es que algo queda todavía en Lastres de aquel pasado en el que la abundancia de pesca y la captura de ballenas dieron prosperidad a esta localidad del litoral oriental asturiano.
Desde el puerto, donde desemboca en fuerte pendiente la zigzagueante carretera que se adentra en la villa, el paseo por el casco urbano -declarado conjunto histórico-, siempre es ascendente y adentra al viajero en un laberinto de callejuelas estrechas y empedradas hasta alcanzar la iglesia de Santa María de Sábada. Son las mil y una calles que conforman el caserío, abiertas a plazoletas llenas de encanto, fuentes, escaleras o capillas que surgen en los rincones más insospechados. Las casas blancas y con hermosos corredores que muestran los barrios de La Fontana o La Atalaya parecen colgadas sobre el abismo y se alternan con señoriales casonas y palacios formando un conjunto arquitectónico único. La mejor imagen es la que se divisa desde el mirador de la ermita de San Roque, con el puerto deportivo a los pies, el perfil de la playa de la Griega un poco más lejos y la sierra del Sueve como telón de fondo.