Peñíscola posee una de las ciudadelas más bellas y pintorescas del Mediterráneo. Al norte de Castellón, la villa marinera se desparrama entre las peñas de un islote, unido a la península a través de una lengua de tierra.
En lo alto hay un castillo templario cuya historia está íntimamente ligada al llamado Papa Luna, que se hizo llamar Benedicto XIII y pasó media vida esperando que la Iglesia de Roma lo reconociera Papa, algo que nunca consiguió.
Una compleja línea de murallas protege la ciudadela de Peñíscola, a cuyos pies se asienta el pueblo de calles estrechas y serpenteantes, protegidas por casonas señoriales de inspiración gótica, y abiertas a plazoletas perfumadas por jazmines y madreselvas, las más hermosas de las cuales quedan a la sombra del faro, situado al lado de la puerta de entrada a la fortaleza.
Flanqueada por dos hermosas y espigadas playas y un animado puerto deportivo, en torno a los cuales ha crecido la ciudad moderna, la villa castellonense lleva a gala ser uno de los centros turísticos más importantes del norte levantino.