
Olite es una ciudad dentro de otra ciudad. La más antigua, romana; otra medieval, y, fuera de las murallas que la circundan, la del siglo XXI, rejuvenecida y viva gracias a una floreciente industria vinícola.
De su pasado como residencia real dan testimonio los nombres de sus calles y las piedras de sus palacios, especialmente el Palacio Real que aún denota la grandeza de tiempos pasados y hoy conforman el Palacio Viejo –convertido en parador de turismo–, la iglesia de Santa María –antigua capilla del castillo- y el Palacio Real.
La plaza de Carlos III el Noble es el centro de la elegante villa y marca la línea divisoria entre los dos recintos que forman el casco antiguo de Olite, a un lado, el cerco ideado por los romanos, articulado en torno a la plaza Teobaldos y a la rúa de San Francisco; al otro, el que fue desarrollándose a lo largo de la Edad Media, recorrido por la rúa Mayor. En un nivel inferior, unas misteriosas galerías subterráneas que salvan el primitivo foso. Torres defensivas, portales y lienzos de las murallas de una y otra época, además de un buen número de casas nobles, jalonan un paseo por las calles de la localidad.
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