Por admirar la panorámica de la bahía de la Concha, enmarcada por los montes Igeldo y Urgull.
Por potear en los bares de las callejuelas de la parte vieja, degustando sus famosos pintxos y sidras.
Por bañarse en alguna de sus playas: las de la Concha y Ondarreta, mansas y apacibles, o la de Zurriola, paraíso de surfistas.
Por conocer el culto a la buena mesa a través de las famosas sociedades gastronómicas.
Por empaparse del glamour de las estrellas que cada año acuden el Festival de Cine.
Por escuchar el mejor jazz en uno de los centros culturales más vanguardistas de Europa: el Kursaal.
Por evocar el lujoso pasado de la belle epoque donostiarra en edificios emblemáticos como el Gran Casino, el Hotel María Cristina o el teatro Victoria Eugenia.
Por sumergirse en los secretos del océano en uno de los acuarios más interesantes de Europa.
Por sentir la unión de la naturaleza y el arte, de la mano de Chillida, en El Peine de los Vientos, una escultura erigida en un rocoso balcón al mar.